sábado, 27 de agosto de 2011

BUSCANDO EL VALOR REAL DEL TIEMPO

Hoy, después de mucho tiempo, he conseguido que el tiempo pase durante el tiempo que pasa el tiempo, aunque parezca un juego de palabras, es una realidad envidiable; en mi caso, me paso el día viendo que el tiempo pasa a unas velocidades impropias de la vida, reuniones cada hora, sesiones de trabajo, llamadas de teléfono, comunicaciones vía internet, etc. etc. así la mañana acaba cuando aún no la hemos visto pasar.

Como decía, la serenidad del día me ha llevado a recordar un viaje que hice al norte de la provincia de Córdoba, empecé el viaje en Villanueva de Córdoba, allí las cosas suceden con su tiempo, despacio, cuando uno llega a Villanueva, las personas que uno encuentra dan el tiempo necesario a las cosas.
Se trata de un pueblo blanco, de calles estrechas, donde por las mañanas uno puede pedir una tostada y zumo de naranja en las cafeterías, sin que nadie salga corriendo para intentar que lo tengas en treinta segundos, se toman su tiempo y esto es bueno porque la prisa es contagiosa, provoca ansiedad y no conduce a nada. 

En estas tierras dedicadas a la ganadería principalmente, saben que nada puede modificar el crecimiento de sus animales y que se precisan meses de cuidado para obtener determinados productos del ganado porcino ibérico.

Este pueblo está en la comarca de Los Pedroches y podemos encontrar lugares como Pozo Blanco, Pedroches, Alcaracejos, Belalcázar y otros muchos pueblos similares, que nos van a permitir disfrutar de una gastronomía en la que prevalecen los productos del cerdo ibérico, en la mayor parte de los lugares con el tratamiento más simple que se puede dar a estos manjares, que no reclaman del cocinero especial trato, más que el de pasar por una sartén, una brasa o un buen proceso de “curación” en el caso del jamón o los embutidos.

Es curioso ver que una de las tapas principales que se ofrecen en la zona es la de ancas de rana y entre otras también podemos encontrar “cochifrito”,  flamenquines y lomo de orza.

Aconsejo la visita a Fuente Obejuna, que aunque no lo parezca, se escribe así, con “b”, es una de las primeras sorpresas, después nos encontramos con muchas posibilidades gastronómicas dentro de la urbe, pero tuvimos el acierto de ir a un Restaurante Museo, cerca del más famoso de los restaurantes de Fuente Obejuna, el del Comendador.

Como resumen habría que decir: un viaje para hacer con tranquilidad, para olvidar el reloj dentro de la maleta de viaje, económico, tanto en lo referido al hospedaje como en lo relacionado con la gastronomía, imprescindible tener el estómago preparado para los sabores fuertes del ibérico y aconsejable no arriesgar con los vinos del lugar más allá de los aperitivos, son generalmente amontillados y el resultado es fatal cuando se abusa de ellos; lo mejor de todo, recuperaremos la medida real del tiempo.

lunes, 27 de junio de 2011

HOMENAJE A LA PLAYA DE BROÑA EN GALICIA

“Sentado en una roca, con los pies en el agua y acariciado por las olas, he pasado los primeros minutos de la mañana. El sol se ha querido esconder, aunque el día no hace más que empujarlo para que salga y se muestre con todo su esplendor; sin embargo en esta parte de la costa gallega se nos hace difícil verlo aparecer por las mañanas, se deja ver ya entrado el día; al contrario de lo que sucede en nuestro mar Mediterráneo, en el que lo vemos triunfante emerger en medio del mar, aquí, en estas playas celtas, aparece por la espalda, como “a traición”.

No hay ruidos, solo sonidos, casi musicales. En el hotel, del que he salido porque tengo llaves, no hay nadie levantado aun, así que toda la naturaleza se muestra dueña y señora, nadie invade su intimidad matutina, salvo yo con mis pensamientos y algún que otro mariscador, cuya silueta se dibuja en un horizonte grisáceo, confundida con los salientes de los pequeños acantilados cercanos.”




Estos párrafos son notas sacadas de mi diario de viaje, el día que me despedía de la Playa de Broña en Outes. Llegué por casualidad a esta playa, de la ría de Muros y Noia, atraído por lo descrito en distintos artículos y resultó verdad, que era un lugar poco visitado y por lo tanto remanso de paz.

Como es característico de estas tierras, el verde de plantas y  árboles llega a fundirse con el “rubio” de la arena de la playa, sensaciones extrañas para los que somos levantinos que, en pocas ocasiones vemos este contraste.

He disfrutado en este lugar de las mejores almejas, simplemente pasadas por la plancha y regadas con un “delicado” albariño y de un pulpo a la plancha, cuyos valores como manjar son poco prodigados, pero que aseguro, al menos para mi gusto, está muy por encima del tan “manoseado” en las cartas de la zona, pulpo a la gallega. Navajas, almejas al natural y tortilla de patatas son especialmente dignas de tener en cuenta cuando se visitan poblaciones como El Freixo, Noia ó Porto do Son.



No podrán viajar de vuelta sin traerse un poco de “morriña”. Mi consejo es que vayan a Galicia prevenidos, saldrán enamorados de su tierra y de sus gentes, necesitados de volver y motivados para pasar un año trabajando y conseguir una semanita para entregarse a esta Galicia incomparable, llena de sabor a mar y olor a sal.

martes, 24 de mayo de 2011

SOÑANDO EN ALBARRACÍN

Entre las nostalgias que a uno le aparecen en la vida, se encuentran las de volver a un lugar donde uno ha sido feliz, de paso o viviendo, qué más da, pero uno recuerda de forma idílica paisajes, comidas y experiencias.

El miedo a vernos “desengañados” es lo que en ocasiones nos distancia de volver al lugar, esa duda sobre si se volverán a repetir las buenas experiencias.

Esto me ocurría cuando hace un año tuve que decidir volver a Albarracín (Teruel) o no volver.

La razón para volver era de peso, mi hijo me había pedido conocer esa bonita ciudad, que lo es a pesar de su tamaño, y que históricamente ha sido un lugar relevante en la zona. Mi hijo había visto que aparecía como el pueblo más bonito de España en muchas guías.

Superé todas mis dudas, me puse en marcha e inicié el viaje que, en esta ocasión tenía, además,  como aliciente, la compañía de mi hijo mayor.

Albarracín  fue sede episcopal, tiene Catedral que, como todos sabemos, en Aragón recibe el nombre de SEO y esta es la primera anécdota que quiero contar, pues al llegar a la plaza que da paso a la Catedral encuentra uno un mosaico que dice textualmente “Plaza del aseo”, algún empleado del Ayuntamiento que no tenía muy claro el concepto.

La ciudad es “Monumento Nacional” desde 1961, casualidad, el año de mi nacimiento, solo que yo no recibí ningún título parecido. El nombramiento se debe al valor histórico del conjunto del casco antiguo. La imagen de las calles y edificaciones nos retrotrae a la Edad Media, es como viajar en el tiempo. Recuerdo, además, que en mi anterior viaje coincidí con unas jornadas medievales en las que la ambientación de los comerciantes, te sumergía en el siglo XV.

Para descansar aconsejo las hospederías del casco antiguo, el atractivo de las casas reformadas, el despertar en semejante entorno, es motivador. Todo son facilidades para obtener alojamiento, comprobamos en este viaje que se repetía la amabilidad de los responsables de los establecimientos.

Para comer aconsejo la pequeña “cervecería” de la plaza del Ayuntamiento, en pleno casco antiguo y con una gran variedad de platos relacionados con la gastronomía de la zona, son ágiles y muy agradables.

Mi homenaje a la Oficina de Turismo, que ofrece a todos los visitantes toda la información necesaria sobre la zona y una visita guiada por el casco urbano, que no tiene tráfico habitual, así que es muy cómodo para recorrer.

No nos vayamos de la ciudad sin comprar algunas “viandas” propias de lugar, entre ellas el jamón, a pie de carretera encontraremos algunos comercios que nos lo sirven envasado al vacío, con una excelente calidad y precio adecuado.

Un viaje excelente para disfrutar un fin de semana, siempre mejor acompañado por aquello de que compartir este tipo de experiencias multiplica el resultado. Volver de nuevo no me defraudó, al contrario, generó todavía mejor imagen de la ciudad.

domingo, 15 de mayo de 2011

UNA VISITA ESPECIAL A ALMERIA: CASA PUGA

La vida me conduce muchas veces a pasar por Almería, una provincia que siempre se nos mostró “desértica” a través de esos míticos paisajes utilizados para el rodaje en películas del “lejano Oeste Americano”.

Mi experiencia ha sido maravillosa, a pesar de tropezar con zonas poco pobladas, o de flora escasa, los pueblos y ciudades visitados, incluso la propia capital, me han devuelto enormes satisfacciones.

Aunque dedicaré algún otro artículo para hablar de algunos lugares de especial valor en Almería, hoy quiero centrarme en hacer un homenaje a un peculiar sitio de la ciudad, “Casa Puga”, quiero referirme a él con mucho cariño, porque a pesar de mi anonimato, siempre recibo una atención que parece especial.

Nacida como posada y con origen en los años 1870, hoy sigue en pie, como “ignorando” el paso del tiempo, reservando rincones a sus visitantes, que nos retrotraen a épocas pretéritas de sabor indiscutiblemente cercano.

A poco que uno se funda con el ambiente, le llegan ecos de tardes de radio en las que el “Anís Castellana” patrocinaba los resultados de la quiniela, o días de Lotería de Navidad oyendo cómo los premios pasaban de 25 pesetas la pedrea a los 1.000 Euros actuales y en el aire quedan imágenes en blanco y negro de días en los que la televisión era una ventana incipiente a la vida del resto de España. Se pasean las siluetas de Matías Prats y de tantos otros famosos, por nuestra imaginación cuando vemos fotos que recogían visitas especiales.

Botellas de vinos y licores de bodegas que quizá hoy ni existan se presentan maquilladas del polvo de los años y clasificados, en el caso de los vinos, por añadas, llenan huecos y paredes, con fechas que nos sorprenden al revisarlas.

Su repertorio de tapas nos permite gozar con cada consumición de sabores propios del lugar, ingeniosas combinaciones de fácil y rápida creación.

En el mármol de la barra se sigue apuntando con un lápiz lo que el cliente consume, con esos “algoritmos” que sólo los camareros entienden.

Los vinos frescos se siguen conservando en “cajas de madera con agua”, una costumbre antigua para que se conserven a buena temperatura. Imágenes de hace décadas.

Cuando llegues, no dejes de mirar todos los detalles, no dejes de escuchar su lenguaje, permítete un tiempo para soñar y todo te sabrá al cariño con que ha sido hecho.

Disfrutar de aperitivos, comidas o cenas en este establecimiento es un regalo que uno se debe permitir si está de paso por Almería.

Sergio Morales Parra

sábado, 23 de abril de 2011

UNA VISITA A SEGOVIA


Segovia es una de las ciudades más visitadas de España. Son muchos los atractivos que nos presenta, desde su Acueducto hasta su Alcázar, pasando por los lugares típicos en los que disfrutar de buena comida y buena bebida.


Recuerdo que teníamos mesa reservada en el famoso restaurante "El Duque". El resultado excelente, todo muy cuidado, el servicio quizá un poco lento, pero el conjunto de la comida fue muy acorde con lo que esperábamos. Hay que tener especial cuidado con la carta de vinos que puede dar una proyección inesperada a la cuenta.

Aunque este tipo de incursiones en la alta cocina es siempre respetable, lo cierto es que hoy sigo buscando un lugar menos "peripuesto", para tomar cochinillo al horno. Estoy seguro que en Segovia hay sitios en los que los lugareños disfrutan de un excelente "tostón", en mesas de madera y mantel de papel.


Un paseo por la ciudad nos ayudó a bajar la comida que, necesariamente, resulta pesada para nosotros los levantinos.

Al situarme junto al Acueducto me veo "enano" ante la inmensidad de estas piedras, puestas por los romanos en el siglo I, en tiempos del emperador Trajano, increíble cómo se conserva transcurridos veinte siglos.

Destacable, la visita al Alcázar de Segovia y la visita a la Catedral, aunque Segovia es una de las ciudades más bellas del Mundo y está repleta de monumentos, recuerdos del románico y con calles y rincones visitables.

Mi error en la visita, no reservar suficiente tiempo para estar en la ciudad y verme sorprendido por la hora de marchar, en la siguiente ocasión reservaré, al menos un par de días para ver Segovia y alrededores.