Entre las nostalgias que a uno le aparecen en la vida, se encuentran las de volver a un lugar donde uno ha sido feliz, de paso o viviendo, qué más da, pero uno recuerda de forma idílica paisajes, comidas y experiencias.El miedo a vernos “desengañados” es lo que en ocasiones nos distancia de volver al lugar, esa duda sobre si se volverán a repetir las buenas experiencias.
Esto me ocurría cuando hace un año tuve que decidir volver a Albarracín (Teruel) o no volver.
La razón para volver era de peso, mi hijo me había pedido conocer esa bonita ciudad, que lo es a pesar de su tamaño, y que históricamente ha sido un lugar relevante en la zona. Mi hijo había visto que aparecía como el pueblo más bonito de España en muchas guías.
Superé todas mis dudas, me puse en marcha e inicié el viaje que, en esta ocasión tenía, además, como aliciente, la compañía de mi hijo mayor.
Albarracín fue sede episcopal, tiene Catedral que, como todos sabemos, en Aragón recibe el nombre de SEO y esta es la primera anécdota que quiero contar, pues al llegar a la plaza que da paso a la Catedral encuentra uno un mosaico que dice textualmente “Plaza del aseo”, algún empleado del Ayuntamiento que no tenía muy claro el concepto.
La ciudad es “Monumento Nacional” desde 1961, casualidad, el año de mi nacimiento, solo que yo no recibí ningún título parecido. El nombramiento se debe al valor histórico del conjunto del casco antiguo. La imagen de las calles y edificaciones nos retrotrae a la Edad Media, es como viajar en el tiempo. Recuerdo, además, que en mi anterior viaje coincidí con unas jornadas medievales en las que la ambientación de los comerciantes, te sumergía en el siglo XV.
Para descansar aconsejo las hospederías del casco antiguo, el atractivo de las casas reformadas, el despertar en semejante entorno, es motivador. Todo son facilidades para obtener alojamiento, comprobamos en este viaje que se repetía la amabilidad de los responsables de los establecimientos.Para comer aconsejo la pequeña “cervecería” de la plaza del Ayuntamiento, en pleno casco antiguo y con una gran variedad de platos relacionados con la gastronomía de la zona, son ágiles y muy agradables.
Mi homenaje a la Oficina de Turismo, que ofrece a todos los visitantes toda la información necesaria sobre la zona y una visita guiada por el casco urbano, que no tiene tráfico habitual, así que es muy cómodo para recorrer.
No nos vayamos de la ciudad sin comprar algunas “viandas” propias de lugar, entre ellas el jamón, a pie de carretera encontraremos algunos comercios que nos lo sirven envasado al vacío, con una excelente calidad y precio adecuado.
Un viaje excelente para disfrutar un fin de semana, siempre mejor acompañado por aquello de que compartir este tipo de experiencias multiplica el resultado. Volver de nuevo no me defraudó, al contrario, generó todavía mejor imagen de la ciudad.
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