domingo, 2 de septiembre de 2012

CÁDIZ CIUDAD CON DUENDE



En mi visita a Andalucía en estos días, he tenido la ocasión de ver la ciudad de Cádiz, algo curioso dado que yo nací en esa provincia y con cincuenta años era la primera vez que la visitaba, todo gracias a la perseverancia de esposa.

A la llegada lo primera que sorprende a los que no conocemos esta ilustre ciudad es que hay agua a los dos lados. Su entrada es directa a la ciudad moderna y, como escondida, detrás de la ciudad moderna, de calles asfaltadas y edificios grandes, aparece una maravillosa ciudad de Cádiz, con sus barrios de pescadores, como la Viña, su playa de La Caleta, su Pópulo, sus patios y sus calles “añejas”, todo huele a principios del XIX, a la época de “La Pepa”, un clamor popular se siente en las calles:

“Con las bombas que tiran los fanfarrones
Se hacen las gaditanas tirabuzones…”

La oficina de Turismo ofrece una información muy detallada de todo lo que podemos encontrar, desde las rutas que tienen que ver con la Constitución de 1812, hasta otros aspectos históricos de la ciudad.

Una plaza impresionante para ver, la que nos abre la vista a la Catedral de Cádiz, una visión llena de vida, en la que siempre hay cantantes espontáneos que llenan la plaza de sonido y duende.

Una playa para ver atardecer, la playa de “la Caleta”, sin duda, para los que somos “mediterráneos” un milagro como el que corresponde cada mañana a nuestros amaneceres.


Degustar unas exquisitas tapas en el barrio de la Viña no es difícil, Casa de La Manteca o El Nono son excelentes lugares para disfrutar de pescado y vinos de la zona,  probar platos nuevos como "las ortiguillas" que son unas algas cocinadas como albondiguillas. Estoy seguro que en el paseo por este barrio habrá un momento en que podrá sorprenderle una chirigota, yo tuve la suerte de encontrarme a “Los Molinas” cuatro gaditanos con todo el arte del mundo reunidos en un local que no tenía más de 40 metros cuadrados dando un espectáculo a cualquiera que quisiera oírlos.

El mar, que baña Cádiz, nos evoca sueños de marinero, vueltas al reencuentro con la ciudad y amores apasionados que se escapan como el tiempo porque el barco no espera y nuevamente hay que reencontrarse con la mar, una amante siempre insatisfecha, para la que el tiempo siempre es escaso y ni siquiera la entrega de la vida le satisface, la mar…




martes, 1 de mayo de 2012

UN VIAJE A EZCARAY POR CASUALIDAD


Casi por casualidad saqué unos días para descansar en tierras de Burgos y, casi por casualidad, me vi en Ezcaray que es tierra de La Rioja, pero que desde el lugar donde contraté el hospedaje, me resultaba ciertamente cercana.

Coincidió mi llegada al lugar el Domingo de Resurrección y pude disfrutar de una de las costumbres típicas, las aleluyas que, además, se realizan desde el balcón de la Iglesia de Santa María La Mayor y que consiste en lanzar al pueblo, entre otras cosas, monedas y billetes, lo que supone una algarabía generalizada y el consiguiente barullo hasta conseguir la moneda o el billete correspondiente.

Ezcaray es de esos pueblos que presenta en su parte antigua, que sigue siendo el centro de la población, un pequeño laberinto de calles que los días festivos, todavía con más razón, se convierte en hervidero de visitantes y se hace más laberinto.

En nuestra vivencia gastronómica no pudimos ir más allá de vinos y pinchos, aunque nos consta que los lugareños, después de una buena “peregrinación” por los sitios más conocidos, pasan a sentarse en los salones de los restaurantes ya para comer en serio, algo impensable para los visitantes, de estómagos algo menos desarrollados. Los pinchos de lo más creativos, porque son muchas y ocurrentes la distintas combinaciones que uno se encuentra, hicimos un esfuerzo por probar muchas, triunfaron aquellas que combinaban carnes y verduras, pudimos haber arriesgado más. Respecto a los vinos, habría que decir que verdejos había muy buenos y tintos repartidos  entre Riberas del Duero y Riojas, cierto que no era necesario pedir un crianza para encontrarlos excelentes, como siempre, se cumplía aquello de que “el vino es bueno porque lo hace la compañía”.

Sus calles, sus soportales, sus plazuelas, todo nos dejaba la impresión de la historia, la historia de una villa conquistada y reconquistada en distintos periodos y vivida su historia en momentos clave del siglo XI, XII, XIV… hasta ser reconocida como Ezcaray y su valle Valdezcaray. Llegó a ser lugar principal a partir del XVIII, gracias a su Real Fábrica de Santa Bárbara, dedicada a la fabricación de paños y sarguetas, ya en el XIX conoció una de las primeras crisis industriales, viniendo a menos la producción de estos paños.
Lugar de turismo de nieves, pues a sólo 14 kms. se encuentra la estación de esquí de Valdezcaray, que le da vida a la población como centro de acogida para el deporte de invierno, es una villa fría en su clima, pero cálida y acogedora en el trato, muy hospitalaria diría yo.

Después de un ligero descanso y dispuestos a conocer otras partes de la geografía abandonamos el lugar, no sin cierta pena porque estábamos seguros que aun nos quedaba mucho por ver y vivir, así que hicimos la firme promesa de encontrar otra “casualidad” para volver.