Casi por casualidad saqué unos días para descansar en
tierras de Burgos y, casi por casualidad, me vi en Ezcaray que es tierra de La
Rioja, pero que desde el lugar donde contraté el hospedaje, me resultaba
ciertamente cercana.
Ezcaray es de esos pueblos que presenta en su parte antigua,
que sigue siendo el centro de la población, un pequeño laberinto de calles que
los días festivos, todavía con más razón, se convierte en hervidero de
visitantes y se hace más laberinto.
En nuestra vivencia gastronómica no pudimos ir más allá de
vinos y pinchos, aunque nos consta que los lugareños, después de una buena “peregrinación”
por los sitios más conocidos, pasan a sentarse en los salones de los
restaurantes ya para comer en serio, algo impensable para los visitantes, de
estómagos algo menos desarrollados. Los pinchos de lo más creativos, porque son
muchas y ocurrentes la distintas combinaciones que uno se encuentra, hicimos un
esfuerzo por probar muchas, triunfaron aquellas que combinaban carnes y
verduras, pudimos haber arriesgado más. Respecto a los vinos, habría que decir
que verdejos había muy buenos y tintos repartidos entre Riberas del Duero y
Riojas, cierto que no era necesario pedir un crianza para encontrarlos
excelentes, como siempre, se cumplía aquello de que “el vino es bueno porque lo
hace la compañía”.
Después de un ligero descanso y dispuestos a conocer otras
partes de la geografía abandonamos el lugar, no sin cierta pena porque
estábamos seguros que aun nos quedaba mucho por ver y vivir, así que hicimos la
firme promesa de encontrar otra “casualidad” para volver.